Defendamos a la niñez
La sociedad es consciente que el activo más preciado que tiene la familia es la sana convivencia y los buenos patrones de conducta que se adquieren a través de la formación desde la primera escuela, que es el hogar. La paz es considerada el noble arte de vivir como hermanos y es una cualidad que no se nace con ella, sino que es adquirida porque se enseña por parte de los padres, desde que nace el ser humano, hasta el proceso de formación en la adolescencia, pasando claro está por la etapa más hermosa de la vida que es la niñez.
La violencia es un azote que padece Colombia desde hace más de cinco décadas. En todos los campos, en todos los niveles, de todas las formas. La sufre toda la sociedad. Se la combate, claro, pero este animal tiene muchas cabezas. La que azota a la niñez y la adolescencia es aterradora.
Las niñas, niños y adolescentes están siendo víctimas de las heridas del alma, a veces incurables, como ocurre con la violencia sexual. Las autoridades forenses han expresado que, en los primeros seis meses de la presente vigencia, ha practicado 10.934 exámenes a menores de 0 a 17 años por delitos sexuales. Eso significa unos 60 casos al día. La alta reincidencia alimenta el arsenal argumental de los defensores de la imposición de los máximos castigos para los depredadores. Evitar nuevas víctimas y enviar el mensaje de la mayor severidad contra los perpetradores parecen, a primera vista, razones suficientes para pedir este castigo.
Es preocupante son las cifras emanadas de algunas investigaciones que han desarrollado algunas universidades del país. Que el 40% de los colombianos hayan sido víctimas de algún tipo de violencia antes de llegar a la mayoría de edad, tal vez explique algunos de los problemas que enfrenta el país en cabeza de los adultos.
El haber cuantificado los diferentes tipos de violencia (física, psicológica y sexual) y relacionarlos con aspectos demográficos, sociales, culturales y económicos de los jóvenes que las padecen, reflejan la película más fidedigna de una realidad, que lo último que merece, es ser tomada como una curiosidad estadística más.
Lo grave es que los desenlaces de esta situación cierran el perverso círculo de violencia- impunidad-violencia, que, sin más, se desliza hacia una preocupante normalización del maltrato y el abuso que gran parte de los menores incluso consideran parte de su proceso de crianza y crecimiento; lo cual es simplemente inaceptable.
Liberar a los niños y niñas de este flagelo debe ser una política de Estado en un contexto de integralidad y transectorialidad, alejada de la retórica cortoplacista.
